Notas para leer en caso de incendio.








miércoles, 15 de octubre de 2014

Insomnio III

Borré tres veces lo que quise escribir. Borré tres veces la posibilidad de nombrar lo que siento. Lo que me pasa. Dejé la cuarta vez como definitiva, cuarta vez que es ésta. La primavera bajó de repente y en toda la ciudad hace calor, ahí tenemos el escenario. “¿Siente que el mal le acecha?” “Oh sí, todo el tiempo, recurro a miles de medidas para que el mal no se apodere de mí, pero aun así tengo la imperiosa necesidad de salir por las noches a asesinar a alguna anciana”, es gracioso hasta que deja de serlo. Continuado de frase inconexas, una oración tras otra.
                Me declaro incapacitado. Hasta cinco capítulos de esto sobrevivirán. Pero lo harán sólo porque necesito tiempo para ubicarme mentalmente. No sirve la escritura automática, ni la conciencia borrada. Hay formas que respetar, procedimientos a los cuales atarse para que las palabras fluyan. La idea de una novela sin estructuras, o la anti-novela, es sencillamente una forma más de la novela. Caso distinto a la novela atonal: ahí hay un punto, un lugar adonde dirigirse. Pero sólo en deseo. Repetir lo del novelista atonal sería tan bajo como pretender hacer una novela dónde los capítulos se lean de manera desordenada, para hacer del lector un “cómplice”… es gracioso, pero desde que me propuse escribir una novela no he hecho más que desanimarme cada vez que me siento frente a la pantalla o a un cuaderno.
                Tal vez ya tengo escrita la novela, no en mi mente, eso es una imagen que sólo sirve en las películas. O conmueve a gente que no lee pero que presume que le gusta la lectura y por eso ve esas películas, y las recomienda, etc.
                Una novela sobre nada. Una novela sobre las cosas, sobre datos y sobre acciones. Sin personajes. Explicarla sería el primer paso para destruirla y reescribirla desde cero. Markson se hace presente. Nombrar el precedente es detruirlo. Fuck Marson.
                Música de fondo: en éste momento escucho la voz de Alejandro Sokol.
                Vicios de la escritura actual: todavía en niveles aceptables.

                   

lunes, 13 de octubre de 2014

Insomnio II

Cuando extrañar en infinitivo, sin un(una) destinatario(a) definido(a), se convierte en la norma general, en el atardecer de un día de descanso, sea domingo, feriado o simplemente un día libre. Donde tu cuerpo y tu cabeza van a un ritmo y el resto de las personas van a otro. Pudiendo coincidir por momentos con el tuyo o siendo todo lo opuesto, dándole otra dinámica al paisaje.
                El perro está ahí, defecando,  y está unido a su dueño a través de la correa: la pérdida total de la libertad, y no me refiero al animal. Se me ocurre, por un momento, que unas gaviotas planean sobre mi cabeza rumbo al agua, en busca de algo para comer. Pero no hay gaviotas y tampoco mar. Todo el sustento de imágenes hace lo posible por no desvanecerse, resistiendo ante la posibilidad de fugarse por una fisura o una grieta en el esquema y verme (palabra injusta) inserto, de repente, en un cubo negro donde las percepciones no funcionan y me impiden avanzar. Sin lugar dónde moverme. Algo así como estar ciego, o con el rango de visión restringido a medio metro alrededor de las extremidades (si las extendés).
                Todo es real, en la medida de que aceptás la existencia del otro, de lo otro. Pero importa poco, o más bien nada. Si compruebo que puedo vivir sin los demás, tal vez me sienta libre de deseo alguno. Libre para no lamentar lo que no poseo, y derramar lágrimas sólo ante el dolor físico si es muy fuerte.
                Ayer me fue referida una historia dónde una mujer se escandalizaba porque habían utilizado con fines artísticos (dentro del universo digital)  una frase que ella había dejado escrita en una pared, a la vista de todos, a la vista de toda la ciudad. El arte del escándalo lo llevan adelante aquellos que no son lo que dicen ser. Me considero escritor, o en busca de un estilo reconocible a la hora de unir oraciones sueltas, mientras otros se consideran poetas con una liviandad alarmante. Jugar con las palabras no debería ser algo gratuito, de hecho no lo es. No caeré en la relatividad de mi idea. No cederé un paso, no estoy en edad de hacer eso. ¿Sos poeta? bueno, estate dispuesto a que te hagan sangrar la nariz si tus versos son malos o demasiado buenos como para pasar desapercibidos.
               La ausencia es fuerte, tanto o más que la presencia (no espero un cambio después de comprobarlo), y la poesía es hoy el lenguaje de los tontos sin deseo. No me convencen las metáforas posibles: hoy busqué en la calle tu rostro, palabras que mueren al final.

sábado, 11 de octubre de 2014

Insomnio - parte I

Es evidente que no tengo la necesidad de decir algo importante. El relato está vedado en mí desde hace un tiempo… “bloqueo” le dicen algunos, “ausencia de inspiración”. Ya recurrir a esos términos demuestra una falta total de recursos para nombrar algo que es sencillo pero que pareciera que no puede ser denominado de otro modo.
       Describir la cotidianidad de una persona parece ser el recurso más a mano para continuar escribiendo. Y siguiendo con la costumbre de agregar una palabra tras otra, puedo decir que las últimas novedades del caso sobre la imposibilidad de enhebrar un suceso determinado de acciones, llevadas a cabo por un ente con vida, se reducen drásticamente a medida que pasan lo segundos. En el tiempo que cualquier persona, con intenciones de leer estos enunciados, tarda en llegar al siguiente punto, en cualquier otra parte del mundo otra persona – que puedo ser yo, precisamente –  puede estar escribiendo la misma cantidad de incoherencias y esperar la posibilidad de que las mismas (evitar lo más que sea posible el uso de la frase “las mismas” o “de las mismas”… no ayuda al normal fluir del relato) sean interpretadas como parte de un proceso mayor y más concreto de desvarío discursivo con aires de monólogo interior.
       Como capítulo de algo que nunca va a terminar de escribirse, puedo decir que esto carece de toda forma posible de identidad literaria y, probablemente, sea olvidado inclusive, hasta por mí. Pero es una entrada de un blogg, su esencia es, precisamente, ésa y no otra. Ah, las formas las formas. Las evidencias dicen que esto no tiene posibilidades de sobrevivir más allá de una lectura.
       Lector ávido de racionalidades y sospechas, te pido encarecidamente que no desprecies la gratuidad de estos párrafos. Por algo llegarán a algún lugar, el día de mañana. El viento, tal vez, los traiga de regreso a un cesto, impreso en una hoja y hecho un bollo de papel, para después ser quemado.
       Destino final de todas las palabras.

Tarjetas (4 años después)


Se llamaba Lautaro… aunque la verdad no viene al caso saberlo. Sí viene al caso saber que nunca aprendió a convivir con el resto del mundo, bajo ninguna circunstancia en la que estuvo expuesto.
Llegada determinada edad, decidió valerse del silencio y de unas tarjetas que fue escribiendo. Todas las respuestas que imaginó alguna vez estaban ahí. Fue sumando frases, los años (por su parte) sumaron tiempo. Consideró que era seguro depender de las tarjetas, por eso decidió no usar nunca más palabra alguna. Así fue ahorrando sonidos, fonemas, expresiones; sin darse cuenta que uno envejece a medida que habla su vida, cada vez que uno se equivoca; cada vez que uno se refuta a sí mismo y vuelve a empezar.
Notó que iba a un ritmo y el mundo iba a otro. Concentrando el latido de todos los que hablaban en un único y gran pulso. El silenciero ya acumulaba infinitos cartones cuando vio que ninguno esbozaba un posible interrogante. Todas las palabras en esas tarjetas eran una respuesta, una fuerte inclinación a ser hablado antes que a hablar.
Uno a uno, sus amigos fueron partiendo. Después fue el turno de sus hijos y los hijos de sus hijos; hasta escribió una despedida a su tercera esposa. Para no sentirse solo, empezó a escribir sus nombres en el dorso de las mismas tarjetas. Cada nombre de cada ser querido pasó a coincidir con una respuesta. Hubo entonces, palabras tardías para un primer amor, consejos inútiles para los hijos que ya no tenía, un “Tanto tiempo” a un tío querido. Cuando terminó con todos los nombres, escribió el suyo. Dio vuelta la tarjeta: no había ninguna respuesta escrita.
Sonrió, cerró los ojos y supo que no había más palabras que pudiera agregar.

(Esto quedó en versión borrador y no se publicó. El archivo original no está en ninguna computadora, estuvo acá esperando sin ser publicado durante cuatro años... el tiempo es algo valioso como para no darse el lujo de perderlo).

Al fin Alfan alfines.

Volví... casi cuatro años pasaron hasta que me pregunté qué era de la vida de este blogg. Casualmente releí Trilce, y los versos me trajeron hasta acá. Recuperé la contraseña. Y noté que tenía cierta regularidad con las entradas. Veremos si la regularidad se reanuda y si la "inspiración" me ayuda. Saludos desde alguna parte de la nada.

sábado, 13 de noviembre de 2010

El gurí

Fue al kiosco a comprar lo que tanto había querido. Ese juguete era todo para él. Ahorró moneda por moneda para poder comprarse ese muñeco. Cuando llegó al mostrador vio que el juguete ya no estaba colgado en el lugar de siempre. Lo buscó con la mirada por todo el kiosco pero no lo encontró. El kiosquero le dijo que esa mañana se lo había llevado una señora para regalárselo a su sobrino. Su mundo, de repente, se hizo gigante frente a sus ojos y él, se fue haciendo cada vez más chiquito. Tuvo vergüenza, mucha vergüenza, pero no dijo una sola palabra. Le ofrecieron otro muñeco, distinto, visiblemente diferente de aquél por el que había hecho todos los sacrificios de su vida. Ante la posibilidad de volver a su casa con las manos en los bolsillos, triste y decepcionado, gastó sus ahorros en lo que le ofrecían. Así fue como esa tarde aprendió a jugar con un muñeco que no era el que él quería.

Para la noche seguía jugando con ese muñeco, y ya no le resultaba tan ajeno.

No tenía planeado todo lo que le había pasado, quién planea cosas a esa edad. Sin embargo se divirtió, y sonríe cada vez que recuerda ese día.

sábado, 5 de junio de 2010

Arbol

Orlando abría los ojos. Eran todas las mañanas iguales. La radio lo despertaba, hablándole por lo bajo, como a la noche. Por momentos se despejaba su mente, mientras la luna seguía afuera, y creía oír alguna canción de las pocas que consideraba valían la pena. Dormía boca arriba. Se había acostumbrado a sentir cercana la pared a su derecha, el resto de la habitación a su izquierda, junto con la radio y algunas otras cosas. Terminaba todo con la luz del día. Algunos despertares fríos, otros nublados, pero todo terminaba para él a la mañana. O comenzaba otra forma de existencia.
Un desayuno rápido, cuando lo había. Dejar la ventana de la cocina abierta, si el cielo no presagiaba lluvias ni grises, trabándola con una cuchilla en su vaina. Buscar la plata que guardaba en la heladera y salir a la calle; sí, la plata en la heladera, único lugar que consideraba seguro. El tipo que le alquilaba el departamento tenía una copia de la llave y subía en su ausencia sólo para molestarlo, o robarle arroz o fideos, o simplemente conocer cómo vivía ese muchacho que entraba y salía por el pasillo lateral de su casa sin decir más que el mínimo saludo. Aún así, el hombre se las ingeniaba para conocer y registrar las actividades que mantenían ocupado a su inquilino y que lo tenían fuera durante casi todo el día. Si alguien venía a visitar a Orlando se encontraban con una casa grande, de dos pisos, y con la duda. Golpeaban siempre en la puerta principal y el dueño les aclaraba que la dependencia comenzaba en el primer piso. Durante nueve meses o más, el dueño supo las rutinas que formaban parte de la vida de Orlando. Lo extraño de la situación, lo que llamaba la atención, era el interés de ese viejo inquisidor (y el de casi toda su familia) por la vida de un estudiante universitario en su primer año. Para el universitario era lo que le había tocado vivir, y no se detenía a evaluar la situación. “Por ahora...” se repetía “...sólo por ahora.”
Sorteando, entonces, todos los días la vigilancia indebida de sus alquilantes (cuando no se mostraban sus hijos haciendo el relevo a sus padres), Orlando marchaba rumbo a la terminal. Siempre llegaba diez minutos antes, nunca más temprano, y esperaba sentado el colectivo; móvil habitual en el folclore entrerriano, con más kilómetros de lo debido, y que llevaba como podía el pasaje y los años de servicio. La vejez en estos autos grandes se parece a la de las personas. Arrugas disimuladas con algunos remaches y capas de pinturas superpuestas. Un maquillaje improvisado sobre el cual se estampaba el nombre, marca de identidad de una empresa dispuesta a todo por optimizar los servicios, excepto claro, invertir en mejoras. Algunos asientos inutilizados los días de lluvia por las goteras en el techo, o la opción de ir sentados siempre y cuando uno sostuviera en su falda el balde con el cual se evitaba el charco en el piso. Eran viajes interesantes. Orlando había adquirido una práctica en la medición del tiempo que rozaba la exactitud. Muchos como él lo hacían y lo seguirán haciendo. Pienso en esas personas que no sólo deben tomar uno, sino dos o más colectivos para poder llegar a destino – trabajo, casa, escuela o ninguna parte – y en sus recorridos llegan a dormir decenas de minutos, hasta horas enteras sin que eso les impida abrir los ojos a tiempo, para no pasarse y tener bajar en tierras desconocidas, y hasta en ocasiones, inhóspitas (así se siente uno cuando la mala suerte lo lleva a bajarse en una parada en la que nunca pensó que llegaría a estar, esa sensación de ignorancia ante lo que nos rodea es común a todos; quienes hayan pasado por eso saben a lo que me refiero). Volviendo a Orlando, dormía los veinte minutos que duraba el viaje y despertaba siempre a tiempo para no terminar en otro lado. Si se pasaba, sólo quedaba un destino posible, y era treinta kilómetros más al oeste de lo que se podía aceptar.
Pero no todos los viajes eran para dormir. O mejor dicho, no todos los viajes eran dormidos por Orlando. Desfilaron algunos libros por sus manos ese año. Durante el camino, apuntes de sicología o solfeos en calve de fa eran sometidos a un último repaso antes de los exámenes que lo esperaban al bajar. Con los años, en retrospectiva, Orlando piensa que todos los viajes forman ahora parte de uno solo. Un único y gran recorrido que no se detiene cada vez que lo trae a la memoria, y con el recuerdo, el camino. Lo imaginó (y lo sigue imaginando) similar a una película que se proyecta en alguna sala y que nunca dejan que el proyector descanse, entrando a verla y saliendo cuando uno quiera, la cantidad de veces que uno lo desee. Un recuerdo autónomo, independiente a cualquier evocación. El verde constante y las cuchillas montieleras jugando con el viento, moviendo el trigo. Cortando de golpe el azul, el celeste, los grises de algunas mañanas. Y de regreso a casa, el atardecer con sus distintas tonalidades de ambarino y sus destellos en el mismo cielo de horas antes, mostrando el silencio del recorrido y un día que empezaba a parecerse a la noche. Usaba un juego de palabras basado en el título de uno de los libros que había leído para referirse al sueño: todos los viajes el viaje.
Fue en uno de esos primeros viajes donde Orlando vio aquel árbol (ahora la memoria ha estancado su recuerdo en una mañana nublada; pudo haber sido así). Distraído, conociendo y aprendiendo el camino, intuyendo un poco lo que sigue cuando uno avanza por un sendero que se comienza a grabar en la memoria, mirando por la ventana, siempre del lado derecho, lo vio sobre una gran loma que ocultaba tras de sí parte del horizonte. Apoyado sobre sus raíces, sobresaliendo como una araña gigante, el árbol estaba lejos de la ruta. Igualmente lo sorprendió. Era magnífico. Sorprendía ver ese despliegue de ramas apuntando al cielo, guardando una falsa simetría que lo mantenía vivo, aún en invierno, cuando las heladas habían borrado todo rastro de hojas sobre él. El frío parecía ayudarlo. Mostraba una bestia (perfecta) de la naturaleza que estaba viva desde antes que naciéramos todos. Testigo mudo de miles de días y noches en los que su figura habrá servido como punto de referencia en un territorio tan basto. O tal vez, más atrás en su memoria, único gigante paciente y expectante ante la llegada de seres que ven el tiempo de otra manera, que miden sus vidas dividiéndolas en fracciones diminutas. Que incluyen en sus recuerdos al gigante de cien extremidades, como lo estoy haciendo ahora. Tal vez siendo ésta una equivocada manera de mantenerlo vivo más allá de sus presencia, dibujado en éstas páginas. Digo tal vez y equivocada manera porque Orlando deseó con todas sus fuerzas que así fuera, llegó a pedir en sus oraciones que aquel viejo árbol pudiera acceder a la eternidad. Pensó en conseguir una cámara y retratarlo. Pensó en cómo sería el día en que hiciera detener al chofer en el medio del camino, en el medio del campo, para bajar sin darle explicaciones. Contó por las noches, antes de dormir, mirando el techo en caída de su pieza, los pasos que separaban el asfalto de la loma donde estaba el árbol. E imaginó las madrugadas que, subido a su copa, podía ver las tormentas a lo lejos descargando agua y rayos y miedo. Pero no había cámaras para retratarlo. No tan abundantes como ahora. La tecnología en esos días era una realidad sólo para las billeteras holgadas. Por eso lamentó no tener una de esas digitales cuando vivía solo.
Los viajes bruscamente llegaron a su fin cuando Orlando decidió probar suerte en otras ciudades. Algo que lo alejó de ese paisaje previsible y hasta querido en sus últimos meses. Intentó no olvidarse de esas imágenes, fue así como creó esa sala de proyección en su memoria.
Un par de años después, para sorpresa de Orlando, el viaje se repitió. El sueño se volvió recurrente al acercarse la fecha. Aquel rodar por la ruta sin detenerse, lo despertaba continuamente por las noches. Lo preparaba para el encuentro. Se conformaba sólo con un par de tomas desde el colectivo, en movimiento, no le importaba, no iba a parar al chofer. Este nuevo viaje se hacía por otros motivos pero la cámara (que ahora tenía) fue lo primero que guardó en el bolso cuando supo que haría ése camino, otra vez; una última vez quizá. Tres, cuatro, cinco años, ya había perdido la cuenta. No le importaba el tiempo que había pasado, sabía que a su amigo gigante y silencioso tampoco le importaban los días. Los dioses le habían concedido la eternidad, no podía ser de otra manera.
La terminal había cambiado un poco. Pero el boletero que Orlando imaginó psicópata asesino, dispuesto a cercenar con un hacha a media ciudad cuando su hastío lo colmase, seguía vendiendo los boletos en la misma garita diminuta. El micro mostraba nuevo maquillaje, ya no había cicatrices de viejas batallas. Por primera vez en mucho tiempo, el recorrido parecía igualarse con aquel recurrente sueño que lo venía despertando últimamente; sería largo el trayecto hasta ver esos dedos elevando su plegaria silenciosa sobre la loma. El camino pasaba, el horizonte se iba perdiendo lentamente sobre una elevación de tierra que Orlando conocía de memoria, miró sobre la cúspide (le pareció de repente una montaña), acercó su cara lo más que pudo al vidrio...
La vista lo engañaba, no creía en sus ojos, en vano era convencerse de que había equivocado el destino. No estaba viajando hacia otro lado, era el mismo viaje, pero una película diferente. Un sueño en el cual las manos que formaban el cuerpo del gigante habían cedido, descansando abiertas sobre el pasto. Como una paloma herida, alas rotas desplegadas sobre el suelo, donde no pertenecen. Una tormenta y un centenar de noches fluyeron con forma de historia. Y el ciclo que negamos aceptar había hecho lo que le es debido, lo que injustamente le corresponde. Una herida abría en dos esas manos. Un montón de ramas caían ahora muertas sobre raíces cuya solidez ya no interesaban a nadie. No tenía sentido alguno comprobar sus profundidades, el árbol ya no existía como tal. El viento demostró que desgasta hasta doblegarnos definitivamente en la vejez.
Orlando habló de esto sólo una vez. Reconoció al final, que no tuvo el coraje de sacar siquiera la cámara del bolso. Retratar ése árbol hubiese significado no escribir estas palabras. Ver una foto como la que quería conseguir Orlando, hubiese sido el final perfecto para esta historia.