Notas para leer en caso de incendio.








sábado, 5 de junio de 2010

Arbol

Orlando abría los ojos. Eran todas las mañanas iguales. La radio lo despertaba, hablándole por lo bajo, como a la noche. Por momentos se despejaba su mente, mientras la luna seguía afuera, y creía oír alguna canción de las pocas que consideraba valían la pena. Dormía boca arriba. Se había acostumbrado a sentir cercana la pared a su derecha, el resto de la habitación a su izquierda, junto con la radio y algunas otras cosas. Terminaba todo con la luz del día. Algunos despertares fríos, otros nublados, pero todo terminaba para él a la mañana. O comenzaba otra forma de existencia.
Un desayuno rápido, cuando lo había. Dejar la ventana de la cocina abierta, si el cielo no presagiaba lluvias ni grises, trabándola con una cuchilla en su vaina. Buscar la plata que guardaba en la heladera y salir a la calle; sí, la plata en la heladera, único lugar que consideraba seguro. El tipo que le alquilaba el departamento tenía una copia de la llave y subía en su ausencia sólo para molestarlo, o robarle arroz o fideos, o simplemente conocer cómo vivía ese muchacho que entraba y salía por el pasillo lateral de su casa sin decir más que el mínimo saludo. Aún así, el hombre se las ingeniaba para conocer y registrar las actividades que mantenían ocupado a su inquilino y que lo tenían fuera durante casi todo el día. Si alguien venía a visitar a Orlando se encontraban con una casa grande, de dos pisos, y con la duda. Golpeaban siempre en la puerta principal y el dueño les aclaraba que la dependencia comenzaba en el primer piso. Durante nueve meses o más, el dueño supo las rutinas que formaban parte de la vida de Orlando. Lo extraño de la situación, lo que llamaba la atención, era el interés de ese viejo inquisidor (y el de casi toda su familia) por la vida de un estudiante universitario en su primer año. Para el universitario era lo que le había tocado vivir, y no se detenía a evaluar la situación. “Por ahora...” se repetía “...sólo por ahora.”
Sorteando, entonces, todos los días la vigilancia indebida de sus alquilantes (cuando no se mostraban sus hijos haciendo el relevo a sus padres), Orlando marchaba rumbo a la terminal. Siempre llegaba diez minutos antes, nunca más temprano, y esperaba sentado el colectivo; móvil habitual en el folclore entrerriano, con más kilómetros de lo debido, y que llevaba como podía el pasaje y los años de servicio. La vejez en estos autos grandes se parece a la de las personas. Arrugas disimuladas con algunos remaches y capas de pinturas superpuestas. Un maquillaje improvisado sobre el cual se estampaba el nombre, marca de identidad de una empresa dispuesta a todo por optimizar los servicios, excepto claro, invertir en mejoras. Algunos asientos inutilizados los días de lluvia por las goteras en el techo, o la opción de ir sentados siempre y cuando uno sostuviera en su falda el balde con el cual se evitaba el charco en el piso. Eran viajes interesantes. Orlando había adquirido una práctica en la medición del tiempo que rozaba la exactitud. Muchos como él lo hacían y lo seguirán haciendo. Pienso en esas personas que no sólo deben tomar uno, sino dos o más colectivos para poder llegar a destino – trabajo, casa, escuela o ninguna parte – y en sus recorridos llegan a dormir decenas de minutos, hasta horas enteras sin que eso les impida abrir los ojos a tiempo, para no pasarse y tener bajar en tierras desconocidas, y hasta en ocasiones, inhóspitas (así se siente uno cuando la mala suerte lo lleva a bajarse en una parada en la que nunca pensó que llegaría a estar, esa sensación de ignorancia ante lo que nos rodea es común a todos; quienes hayan pasado por eso saben a lo que me refiero). Volviendo a Orlando, dormía los veinte minutos que duraba el viaje y despertaba siempre a tiempo para no terminar en otro lado. Si se pasaba, sólo quedaba un destino posible, y era treinta kilómetros más al oeste de lo que se podía aceptar.
Pero no todos los viajes eran para dormir. O mejor dicho, no todos los viajes eran dormidos por Orlando. Desfilaron algunos libros por sus manos ese año. Durante el camino, apuntes de sicología o solfeos en calve de fa eran sometidos a un último repaso antes de los exámenes que lo esperaban al bajar. Con los años, en retrospectiva, Orlando piensa que todos los viajes forman ahora parte de uno solo. Un único y gran recorrido que no se detiene cada vez que lo trae a la memoria, y con el recuerdo, el camino. Lo imaginó (y lo sigue imaginando) similar a una película que se proyecta en alguna sala y que nunca dejan que el proyector descanse, entrando a verla y saliendo cuando uno quiera, la cantidad de veces que uno lo desee. Un recuerdo autónomo, independiente a cualquier evocación. El verde constante y las cuchillas montieleras jugando con el viento, moviendo el trigo. Cortando de golpe el azul, el celeste, los grises de algunas mañanas. Y de regreso a casa, el atardecer con sus distintas tonalidades de ambarino y sus destellos en el mismo cielo de horas antes, mostrando el silencio del recorrido y un día que empezaba a parecerse a la noche. Usaba un juego de palabras basado en el título de uno de los libros que había leído para referirse al sueño: todos los viajes el viaje.
Fue en uno de esos primeros viajes donde Orlando vio aquel árbol (ahora la memoria ha estancado su recuerdo en una mañana nublada; pudo haber sido así). Distraído, conociendo y aprendiendo el camino, intuyendo un poco lo que sigue cuando uno avanza por un sendero que se comienza a grabar en la memoria, mirando por la ventana, siempre del lado derecho, lo vio sobre una gran loma que ocultaba tras de sí parte del horizonte. Apoyado sobre sus raíces, sobresaliendo como una araña gigante, el árbol estaba lejos de la ruta. Igualmente lo sorprendió. Era magnífico. Sorprendía ver ese despliegue de ramas apuntando al cielo, guardando una falsa simetría que lo mantenía vivo, aún en invierno, cuando las heladas habían borrado todo rastro de hojas sobre él. El frío parecía ayudarlo. Mostraba una bestia (perfecta) de la naturaleza que estaba viva desde antes que naciéramos todos. Testigo mudo de miles de días y noches en los que su figura habrá servido como punto de referencia en un territorio tan basto. O tal vez, más atrás en su memoria, único gigante paciente y expectante ante la llegada de seres que ven el tiempo de otra manera, que miden sus vidas dividiéndolas en fracciones diminutas. Que incluyen en sus recuerdos al gigante de cien extremidades, como lo estoy haciendo ahora. Tal vez siendo ésta una equivocada manera de mantenerlo vivo más allá de sus presencia, dibujado en éstas páginas. Digo tal vez y equivocada manera porque Orlando deseó con todas sus fuerzas que así fuera, llegó a pedir en sus oraciones que aquel viejo árbol pudiera acceder a la eternidad. Pensó en conseguir una cámara y retratarlo. Pensó en cómo sería el día en que hiciera detener al chofer en el medio del camino, en el medio del campo, para bajar sin darle explicaciones. Contó por las noches, antes de dormir, mirando el techo en caída de su pieza, los pasos que separaban el asfalto de la loma donde estaba el árbol. E imaginó las madrugadas que, subido a su copa, podía ver las tormentas a lo lejos descargando agua y rayos y miedo. Pero no había cámaras para retratarlo. No tan abundantes como ahora. La tecnología en esos días era una realidad sólo para las billeteras holgadas. Por eso lamentó no tener una de esas digitales cuando vivía solo.
Los viajes bruscamente llegaron a su fin cuando Orlando decidió probar suerte en otras ciudades. Algo que lo alejó de ese paisaje previsible y hasta querido en sus últimos meses. Intentó no olvidarse de esas imágenes, fue así como creó esa sala de proyección en su memoria.
Un par de años después, para sorpresa de Orlando, el viaje se repitió. El sueño se volvió recurrente al acercarse la fecha. Aquel rodar por la ruta sin detenerse, lo despertaba continuamente por las noches. Lo preparaba para el encuentro. Se conformaba sólo con un par de tomas desde el colectivo, en movimiento, no le importaba, no iba a parar al chofer. Este nuevo viaje se hacía por otros motivos pero la cámara (que ahora tenía) fue lo primero que guardó en el bolso cuando supo que haría ése camino, otra vez; una última vez quizá. Tres, cuatro, cinco años, ya había perdido la cuenta. No le importaba el tiempo que había pasado, sabía que a su amigo gigante y silencioso tampoco le importaban los días. Los dioses le habían concedido la eternidad, no podía ser de otra manera.
La terminal había cambiado un poco. Pero el boletero que Orlando imaginó psicópata asesino, dispuesto a cercenar con un hacha a media ciudad cuando su hastío lo colmase, seguía vendiendo los boletos en la misma garita diminuta. El micro mostraba nuevo maquillaje, ya no había cicatrices de viejas batallas. Por primera vez en mucho tiempo, el recorrido parecía igualarse con aquel recurrente sueño que lo venía despertando últimamente; sería largo el trayecto hasta ver esos dedos elevando su plegaria silenciosa sobre la loma. El camino pasaba, el horizonte se iba perdiendo lentamente sobre una elevación de tierra que Orlando conocía de memoria, miró sobre la cúspide (le pareció de repente una montaña), acercó su cara lo más que pudo al vidrio...
La vista lo engañaba, no creía en sus ojos, en vano era convencerse de que había equivocado el destino. No estaba viajando hacia otro lado, era el mismo viaje, pero una película diferente. Un sueño en el cual las manos que formaban el cuerpo del gigante habían cedido, descansando abiertas sobre el pasto. Como una paloma herida, alas rotas desplegadas sobre el suelo, donde no pertenecen. Una tormenta y un centenar de noches fluyeron con forma de historia. Y el ciclo que negamos aceptar había hecho lo que le es debido, lo que injustamente le corresponde. Una herida abría en dos esas manos. Un montón de ramas caían ahora muertas sobre raíces cuya solidez ya no interesaban a nadie. No tenía sentido alguno comprobar sus profundidades, el árbol ya no existía como tal. El viento demostró que desgasta hasta doblegarnos definitivamente en la vejez.
Orlando habló de esto sólo una vez. Reconoció al final, que no tuvo el coraje de sacar siquiera la cámara del bolso. Retratar ése árbol hubiese significado no escribir estas palabras. Ver una foto como la que quería conseguir Orlando, hubiese sido el final perfecto para esta historia.


miércoles, 21 de abril de 2010

Seis copas (título provisorio - cuento inédito)

Antonio Sarlo estaba sentado esperando a su mujer. Era todo lo que necesitaba saber por ese momento. No importaba dónde había ido ella, adónde se había escondido, o si había estado con su amante… Iba por su tercer trago (Antonio), sentado en el bar, acodado en la barra y viendo la puerta de entrada usando el espejo del mostrador. Fumaba en silencio. Había vuelto al tabaco hacía unos meses, a causa de los nervios que lo sumían en todo tipo de cavilaciones. Nunca quiso decir “por culpa de…” pero era evidente que el rencor hacia su mujer lo estaba consumiendo por dentro. Una llaga a la que se le echa sal constantemente sin darle tiempo de secarse. Volaba por la cuadra, su imaginación. En forma de espectro errante, corría hasta la esquina y buscaba encontrar en el camino el rastro o las pisadas de aquella mujer que, avergonzada, regresa al lecho que la contiene sin cuestionamientos. Pero nada. El alma planeaba a escasos centímetros del suelo y así llegaba a la otra esquina. Ninguna presencia que delatara un encuentro próximo. “Qué se le va a hacer…” pensaba Antonio. Pedía otra copa, dejaba las monedas sobre la barra y esperaba a que el mozo las recogiera para llevarse el vaso a la boca. Así pasaba las noches (y los días) esperando. Su mujer se había ido, eso era la verdad. Una realidad palpable, sobria. Pero se deformaba, se reducía y a veces hasta desaparecía cuando las copas sumaban más de seis en la cuenta de caja. Pasaban las horas. Las noches, las estaciones, otras tristezas. Hasta llegó a pasar un gobierno entero, pero nadie entraba para reencontrarse con Sarlo. Tampoco hablaba con nadie, más de aquel saludo que no se le niega al parroquiano: “Que tal Antonio”, “Acá, en la dulce espera.” contestaba, y uno no sabía si reírse o sentarse y penar con él.
Después vino un tiempo difícil. Antonio cayó enfermo en invierno lo que hizo que faltara a sus citas. Durante algunas semanas que parecieron años la butaca permaneció vacía. Nadie quería sentarse ahí. Pensábamos que era cuestión de días para que volviera a ocuparse el lugar, por lo cual el mozo la limpiaba todas las tardes al abrir el bar.
Antonio no volvió.
Una noche, cuando la resignación todavía no se hacía presente, apareció en cambio una mujer preguntando por el señor Sarlo. Todos callamos. La mujer intuyó el recelo silencioso del bar. Recorrió todas las mesas con la mirada, se volvió y habló con el mozo de la barra y su salió en silencio. El mozo gritó para que oyéramos, y para oírse el también: “¡Antonio Sarlo nunca estuvo casado. No tenía esposa, tampoco hijos, nada. Acosó mucho tiempo a la mujer que se acaba de ir. Preguntó si alguien quería las cartas que él le mandaba todas las semanas…le dije que las quemara!”
El bar cambió después de la partida de Aldo. Cuando llegó la primavera todos cambiaron su lugar en las mesas para aprovechar mejor los últimos rayos de sol que entran por la ventana durante los meses que previos a la navidad. Antes de año nuevo alguien trajo un retrato a lápiz, enmarcado: era Antonio, sentado en su butaca, mirándonos de reojo y con la mueca que sabía usar para pedirnos amablemente que lo dejáramos en paz. Colgamos el cuadro en la pared contigua a la entrada y nadie volvió a mencionar su nombre.

martes, 6 de abril de 2010

Plaza Sarmiento (cuento editado en un libro, por ahí)

La primera vez que en la calle vi a esa mujer cruzar corriendo la esquina pensé que estaba loca. Una de las tantas que la noche deja libre.
La segunda vez ya no fue casualidad. Yo venía peleando contra el sueño y miraba para todos lados. Ubicando las cosas, tomándole distancia para no encontrarme con ellas de golpe y así evitar que mi cara termine contra alguna pared o cualquier cosa que me aparezca en el camino. Como aquella vez que un par de tachos de basura salieron al cruce y me co-rrieron tres cuadras tratando de morderme los talones. Son terribles. Nunca patees uno de esos tachos. Nunca se sabe como pueden reaccionar. Como les decía: venía tranquilo, casi dormido (semidormido) y volví a ver a esa mujer, exactamente en el mismo lugar. Quiero decir; vi a la misma mujer, en el mismo lugar y moviéndose rápido, de la misma manera que la primera vez que ya conté más arriba. Voló por sobre el asfalto, y no paró hasta llegar a la otra esquina.
Creí que era una broma. Supuse que la mujer me había reconocido y que había actuado esta última vez como burlándose de nuestro primer encuentro. No le di demasiada importancia, por el sueño tal vez. El tiempo pasó. Al cabo de unos días, una nueva pelea con los tachos de basura me puso en aviso de que debía cambiar el camino de regreso a casa. En lugar de describir una L desde la plaza donde paraban los colectivos hasta mi casa, tuve que cambiar el recorrido formando una incómoda S, sólo para evitar llegar a destino con los talones lastimados.
Fue una de esas noches en que practicaba una caminata por el nuevo circuito cuando me topé en una esquina con uno de los tachos. No era su lugar de siempre, me arrinconé contra una puerta de hierro gigante y cerré los ojos. Como si eso me ayudara a que él no me viera. Era un tanto lógico mi razonamiento, yo no veía el tacho, él no tendría que verme. Escuché entonces como tosía, se removía en el piso y respiraba con dificultad, como un tiburón cuando se le atraviesa una costilla de humano en el esófago. Me asomé, lentamente caminé, siempre a espaldas del adminículo-depósito. La tentación fue más fuerte que yo y, sin vacilar, sin repetir y sin soplar, le encajé una patada que terminó por tumbarlo en medio de la calle. La reacción no fue la que yo esperaba; dentro del tacho había un vagabundo que – por algún motivo que no viene al caso explicar ahora – estaba atrapado, prisionero. El viejo terminó casi del otro lado de la calle, el impulso que recibió por la patada que le di a su captor lo lanzó despedido, regurgitado por el tachete loco que era el captor del vagabundo; que estaba dentro del tacho atrapado, prisionero del tacho que lo tenía capturado; tacho que estaba atragantado por un vagabundo intragable que se había metido, vaya a saber uno por qué, en las fauces de un tacho de basura que ahora lo estaba tratando de digerir y que... bueno, me perdí.
Ayudé al hombre a levantarse y lo llevé hasta la entrada de un edificio que se Internaba en una galería. Me agradeció el gesto. Le pregunté qué lo había llevado a meterse en un tacho sabiendo el manjar que representan para los bichos esos las personas de la calle. Reconoció que había obrado mal, pero que había entrado al come-linyeras tentado por un olor que salía de su interior. Sacó del bolsillo un par de empanadas humeantes y se las tragó sin masticar. Las había rescatado estando dentro del “coso ése”, como lo llamó él. En su lugar hubiese hecho lo mismo.
Me pidió cartón. Sólo un poco, para poder remendar el agujero que tenía en la suela del zapato. Le dije que no traía conmigo en ese momento ni siquiera un poco de papel. Lo gracioso fue que mis zapatos estaban peor que los de él. Salimos los dos a buscar, juntos, un poco de papel o cartón para arreglar nuestros sendos zapatos. Pasamos por la esquina donde minutos antes había sucedido todo la pelea pero no vimos rastros del bicho. Caminamos tranquilos, deteniéndonos antes cualquier posible pedazo de cartón. Después de cinco minutos (o cinco horas, o tal ves cinco días, no lo sé) de estar vagando juntos, entramos en confianza y el hombre de la calle me refirió la historia de su vida. Algo que no viene al caso contar ya que pronto yo también seré uno de ellos.
La felicidad del linyera al encontrar cartón para sus (nuestros) zapatos hizo que le vinieran ganas de cantar unos tangos viejos. A esta altura, en las postrimerías del año dos mil cien, todos los tangos son viejos. Aún cuando se hayan compuesto hace una semana. El tiempo fluye de otra manera en el futuro, y yo, como buen viajero proveniente de un mañana incierto, tengo que hacerlo notar aunque ésta no sea la razón de la historia que estoy por referirte y que el linyera, a su vez, me refirió después de celebrar el fin de la búsqueda de cartón.
Terminó de cantar El entrerriano, un tango que posee una maldición y que figura en la lista de censura del Comfer. Canción que no se escucha más que de boca de personas como mi compañero. No hay registros de su grabación, se eliminaron todos los discos (o simplemente desaparecieron) como respuesta del gobierno a la publicación del historiador Miguel Ignacio Dolina (nieto de un escritor cuyo nombre no viene a mi mente ahora) en la revista Un pasado mejor. En ese artículo se describe como todos aquellos que escucharon alguna vez ese tango terminaron muertos. Nunca se supo si, en esos casos, la maldición se había cumplido o simplemente habían muerto por causas naturales, “...lo que sí se sabe – cito el artículo – es que todos aquéllos que escucharon ese tango terminaron, tarde o temprano, en el cementerio. Aunque pueden haber muerto por otras maldiciones, como por ejemplo, la de ser víctimas del incendio que nunca se apaga, en el distrito de Miserere Centro (ex barrio Once).”*
Como venía diciendo. Después de ayudarlo a entonar ese tango, nos sentamos en la parada del ciento treinta a remendar los calzados quejosos por la humedad y el maltrato de una noche agitada como la que nos había tocado en suerte. Vimos pasar por la esquina, un grupo de tachos, en manada (o jauría, o cardumen... eran un grupo, con eso basta), pero no tu-vimos miedo, estaban demasiado lejos como para hacernos daño. Fue entonces y no más tarde, que el vagabundo hizo referencia a la mujer que yo había visto en más de una ocasión. Aquella que corría de una vereda a otra, cruzando la calle sin mirar, esté el semáforo en verde o no. Le pregunté si él también la había visto, me respondió que no recordaba el número de veces. Me advirtió que tenga cuidado, puesto que ella no era un ser humano vivo. “¿Es un fantasma?” pregunté. Me contestó que no. Era algo más complicado de entender que una simple aparición. “Algunos piensan que es la que controla los tachos. Que en vida había sido una vagabunda como nosotros y una noche la encontraron muerta dentro de uno de los contenedores de basura. Se llevaron el cuerpo y lo enterraron por ahí, pero con el tiempo empezó a aparecerse. No tiene un orden, a veces, se presenta durante una semana, todas las noches. Por ahí, pasa meses enteros sin que nadie la vea. Cantamos El entrerriano porque dicen que no soporta escucharlo.” “Interesante – dije – parecían calles normales.” “Todo parece normal.” dijo mi compañero.
Arreglamos como pudimos los zapatos y nos fuimos internando en una cortada que estaba cerca de la plaza Sarmiento. No había lugar seguro con esa mujer en la calle. Quisimos ir a verla, no supe de qué queríamos cerciorarnos. Supongo que fue el coraje que infunda un calzado en buenas condiciones. Llegamos a la plaza, nos deslizamos por entre los árboles ayudados por la oscuridad de sus ramas hasta llegar al centro mismo de ella, donde una fuente vieja y horrible nos sirvió de escondite. Desde ahí se podía ver la esquina fantasmal. Podíamos verla a ella, vestía con una campera marrón, grande para su cuerpo, parecía llevar puesta una frazada enorme más que un abrigo. Cruzó tantas veces que perdimos la cuenta, mi amigo de la calle por no saber contar, yo por tener (como ya dije) otra noción del tiempo. Se acercaba el amanecer y la actitud de la fémina espectral no parecía modificarse en absoluto. Hasta que – como todo – llegó a su fin su constante deambular cuando un ciento cincuenta y tres cruzó la esquina alentado por la luz verde que lo habilitaba y la imagen corpórea de la mujer desapareció entre el amarillo de la carrocería y el gris del paragolpes delantero. Más allá de saber que el vehículo acababa de atropellar a un no vivo, la impresión hizo que cerrara los ojos. Cuando los abrí, el amanecer ya era una realidad. La luz del sol era más fuerte que el alumbrado público, aún así todavía quedaban partes oscuras entre galerías y toldos. Me despedí de mi compañero de esa noche, me agradeció una vez más el haberlo salvado y me dijo que camine tranquilo hasta mi casa. “Los tachos a esta hora no hacen nada.” Y yo le creí, caminé y doblemente le creí al comprobar que tenía razón. Llegué a casa con los talones intactos y con una moraleja entre los dientes que olvidé ni bien apoyé la cabeza en la almohada.

lunes, 5 de abril de 2010

El grillo (cuento inédito)

Ninguno pensó que una noche como esa nos iba a dar un regalo el río. Nos habíamos resignado a que las líneas no picarían en toda la noche y la esperanza se había disuelto en el agua; una metáfora entre la ilusión extinta y la carnada sin sabor en los anzuelos bajo el agua nos daba vueltas en la cabeza, pero ninguno quería decir nada. Dos de nosotros dormían (o descansaban los ojos, descansar es una manera de corregirme, lo mismo no decir nada que...) en la carpa. El humo de la fogata había barrido los mosquitos.
Un poco de vino.
El mismo aburrimiento.
Otro poco de vino.
Pablo hablaba solo y jugaba movía con el pié una línea atada a una vara enterrada en el piso. Tomás y Horacio seguían en la carpa. Y yo, puteaba por lo bajo mientras buscaba la manera de retener unos pocos granos de arena entre mis dedos. Había sed, el vino se había terminado. Había hambre también.
La sed o el hambre fueron el justificativo para la cacería que empezamos cuando Pablo, después de preguntar si quedaba algo de carnada, dijo que los grillos eran buenos para el pique. Al rato, después de pensarlo un segundo, los cuatro prestábamos atención a lo que se podía oír como un insecto. Estáticos, repartidos por ahí, y con las linternas apagadas, atentos al audio de la noche.
- ¡Sh! – nos callaba Pablo.
- Por acá no hay grillos. – dijo alguno de los otros dos.
- Si, si hay, calláte un poco y vas a ver.
- Pero no se ve nada. – dijo Tomás.
- ¡Sh, calláte te digo! – Pablo y su pedagogía.
Tiramos un par de piedras a los árboles del monte, algunos pájaros volaron de unas copas a otras, pero ningún grillo. Buscábamos en el lugar equivocado; otra de las estupideces que hicimos esa noche pero que también callamos, para no delatar nuestra idiotez cómplice. Horacio se zambulló en unos matorrales. Lo creí muerto o casi muerto. Ayudamos a levantarlo. Un cazador con heridas de guerra, la linterna rota en una mano y un insecto moribundo en la otra. No era exactamente un grillo, pero se parecía tanto que decidimos que desde ese momento lo sería. Junté mi línea. Obviamente nada traía. La carnada era una bola embarrada, sin olor, sin sentido, ni siquiera el suficiente como para parecerse a lo que es una carnada propiamente dicha. Un pedazo de carne sin dignidad. Dejé el resto del trabajo a los demás.
La humanidad ha evolucionado; se podía comprobar esa realidad viendo a esos tres tipos tratando de clavar la carnada moribunda al anzuelo sin que se les desmembrara. Miré al cielo, buscando la luna. Recorriendo las sombras que proyectaban los sauces sobre el agua, en la otra orilla. No hacía falta fogata ni abrigo, esa luna y las estrellas eran soles que subían la temperatura del viento que se acordaba de soplar cada tanto. Brisas cálidas más allá del agua. Brisas y pensamientos flotando en una misma dirección.
- ¡Ah!, boludo y la conch...
- No la vi, perdoname.
- Dejalo quieto que sino sangra más.
Horacio había tropezado con la tanza mientras Pablo encarnaba. Su dedo sangraba a borbotones, era evidente incluso desde donde yo estaba. Tomás tranquilizaba a Pablo y pedía la cuchilla, Horacio se desesperaba y se justificaba.
- No la vi...no la vi... – repetía.
- ¡Ah! ¡¡Cómo arde!!
Horacio le pasó la cuchilla a Tomás y vino a sentarse cerca de mí, se contagió mudez. Se había quedado, él también, sin palabras para justificarse. Pablo y Horacio hacían silencio, gesticulaciones y maniobras varias en un intento por extirpar el anzuelo del dedo y un poco del dolor que seguramente se iría con el.
- Necesito agua. – Dijo Tomás, más calmado. Horacio no supo responder.
- Acá la tengo. – Les dije, y cayó la botella entre las piernas de Horacio, quien se las acercó. Enjuagaron un poco la herida y tomaron unos tragos. No servía de anestésico No era vino.
Todos nos relajamos un poco con las bromas que hizo Pablo.
- ¿No conseguiste un bisturí más grande? Porque éste es muy chico... si el agua fuera ginebra no me dolería nada, pero nada, che... tené cuidado que tenés que dejarme algún pedazo de la mano…mirá que el anzuelo es tuyo pero el dedo es mío.
Por cansancio o simple indiferencia nos limitamos a mirar. No dijimos ni una sola palabra acerca de los chistes tan malos que hacía Pablo, ni por los que siguieron.
- Che, como viene la cuestión, a lo mejor conviene que me corten el dedo y lo usamos
de carnada... pescamos así, jaja.
Ahí sí nos reímos los cuatro. Creo que las sonrisas fueron forzadas, un reflejo tal vez. Por lo menos para mí. No veía la gracia en la última broma de Pablo. Creo que Horacio tampoco lo vio así. Se levantó y fue a ayudar en la operación.
- Dejame a mí. – dijo y suplantó a Tomás que fue hasta la orilla para lavarse las manos antes de ir a al baño... por ahí.
El río seguía corriendo, pero el reflejo de las cosas sobre él, no. Yo pensaba en eso y en la falta de humor que me invadía ante lo ocurrido. Tal vez mi mal humor era el síntoma que dejaba en claro el poco interés que tenía por el futuro del dedo de Pablo. En su lugar hubiese reacciona de otra mane...
- ¡¡Ah!! ¡¡Qué hiciste hijo de puta!! – Pablo, herido, se revolcaba en la arena, no
cerraba la boca en ningún momento. Gritaba y acercaba su mano a la cara para ver que no se equivocaba, que algo le faltaba. Volvió a gritar, insultaba, blasfemaba y demás pestes largó al viento. – ¡La puta que te parió, qué hiciste pelotudo!
- ¿No dijiste que encarnáramos con el dedo? – Horacio, de nuevo justificándose,
preparando la tanza para tirarla al agua, con el pedazo del pulgar de Pablo como carnada fresca. Pablo no podía moverse. Era la impotencia, la sorpresa, o el dolor. Una suma de las tres o un sentimiento de furia tan grande que superaba a los otros, tenía en el suelo a Pablo. Tomás apareció, volviendo de los yuyos y al tanto de todo. Volvió a convertirse en el mediador, frenando el enojo de Pablo; como minutos antes lo había conseguido, tal vez ahora podría tranquilizarlo de nuevo. Horacio miraba al río, negando con la cabeza como un padre reprobando el berrinche de su hijo. – Calmate un poco che, no te quejés tanto. Era más fácil hacer lo que hice que sacarte el anzuelo.
Pablo se levantó de un salto, queriendo atropellar a Horacio con todo el cuerpo, pero Tomás lo detuvo. Entonces todo el silencio cayó bruscamente sobre el campo. Quedando mudos los tres. No entendí por qué, en un segundo, la tierra se había detenido. Un dios parecía habernos quitado el tiempo. Lo supe cuando miré donde ellos miraban.
Estáticos, petrificados, mirábamos los cuatro la línea en las manos de Horacio.
Un tirón.
Dos.
Tres tirones.
Cuatro y una corrida más que alentadora. La corrida que nos avisa que el animal en el otro extremo de la tanza se condenó a sí mismo para siempre. Gritos de aliento. Tres de nosotros cantando victoria a un cuarto que ahora saltaba de alegría, imitando al pez (pescado) fuera del agua. Las mismas convulsiones por falta de oxígeno. El ahogo y la satisfacción. La gloria que nunca envejece, que no es efímera. La historia que se recuerda siempre, en ocasiones donde el honor es puesto en juego, o para hacer un simple comentario. Ahí va a estar la anécdota, el brillo en los ojos, el reflejo de La hazaña. El resultado superando las expectativas (siempre aclarando y exagerando el resultado).
Un dorado de cuatr... siete kilos, listo para ser lo que le corresponde fuera del agua. Una cena digna del mejor rey.
Al otro día volvimos siguiendo el camino de la ruta vieja que va a Villa Urquiza. Una camioneta nos levantó a mitad de camino. Nos ahorramos el golpe de calor y la sed. Guardamos la cabeza del animalito para mostrarlo en la casa. Esas cosas tan grandes no salen todo el tiempo del río. No las regala.
Tenemos pensado otro viaje para semana santa. Ya lo echamos a suerte. Al que le toca cortarse el dedo esta vez es a...

lunes, 15 de marzo de 2010

1912 (cuento)

Por el agua que recorre el mundo y en su transcurso cambia de color. La belleza de lo inmenso es un grito que proviene de su azul. Para que el piano que espero, llegue hasta mis manos, debe cruzar lo inmenso. En silencio, en silencio. Similar a un animal extinto similar a un carro alegórico; la caja que guarda las llaves de esta casa y la madera con que el encordado del instrumento fue tensado en arco, resumen las deudas que altos grados de cónsules y políticos retirados pueden tener de por vida… el piano de mi abuelo.
Vivo pendiente del sonido más ínfimo y diminuto. Sí, los sonidos poseen un tamaño, es verdad. Un roce entre hoja y hoja de un diario matutino cualquiera. Un aleteo de mariposa negra. Un cordón umbilical cortándose entre gritos y llanto. Y un piano silencioso que navega y se mece, mal atado y maltratado. La madera, la pintura negra, los barnices; el primero, el pulido y la cera, el segundo barniz y el pulido final para el brillo. Todo eso escuché hace ya unos ochenta años. Aún no había nacido, tampoco mis sentidos. Pero una carga ancestral proveniente de más allá del mar, vino envuelta en una niebla y cubrió Buenos Aires una noche cualquiera. La ventana de mi cuarto estaba abierta y una pulmonía casi me arrebata de mi cuerpo. Siguieron a esa noche, tristes días; casi un posible entierro. Pero nada se consumó. Mi llanto era muy escaso. Mis gritos de pequeño, se apagaron y dejé de oír las voces de los que me rodeaban. En lugar de eso, una fría melodía me fue cobijando, uno a uno mis miembros. Más tarde el entumecimiento se convirtió en un rojo color a perfume de pañales sucios. Y el piano, desde entonces, ha estado sonando. Hasta hoy día puedo oírlo. Nunca revelé esto a mi abuelo, pero puedo oír los lamentos del viejo instrumento.
Manos imprudentes, uñas sucias, polvo de las calles entrando por cualquier hendija y cubriéndolo todo; todo es improbable que está mar adentro. Un pingüino disecado se apareció frente a mi puerta, de trajo un sobre en su pico; la carta me dice que el barco está cerca y la noticia da comienzo al insomnio que me tiene las noches en vela. Despierto sin haber dormido, escribo en un diario las bitácoras posibles de un carguero holandés con destino a puerto argentino. La vela se consume; mi abuelo sigue en el cementerio. Las noches ahora son días completos, y durante los días simplemente no vivo. No reacciono más que para detenerme a oír los armónicos que un instrumento como ese puede hacer sin que se lo toque. Años y años de entrenamiento casi militar sobre cinco líneas y millares de figuras redondas, negras y blancas. Pentagramas, la tortura que uno aprende a llevar sin doblegarse. Los dedos en posición, la espalda recta. Más lento, cuidado, cuidado con el crescendo. Piano allegretto, molto vivace, pájaro negro. Allegretto pájaro muerto. Molto vivace carta de historia: un piano de regreso.
Voy más atrás en mi juventud y pierdo el conocimiento. Aunque ahora sepa que permanezco estático en una selva virgen. Cuatro hombres se acercan y comienzan a lastimarme, hacen que sangre blanco. Pero a ellos no les importa. Caigo lentamente. Después me suben a un carro y me tiran con caballos hasta una fortaleza grande, inmensa y ruidosa. Ahí me dan el toque de gracia. Después de ese día soy alguien nuevo. La selva está todavía en mí, pero como un viejo recuerdo; lejos de la recámara donde ahora brillo y soy mucho más negro. Un anciano me observa sentado de otro lado de la habitación, hasta que se acerca y nos hacemos amigos. El y sus manos saben como sacar lo mejor de mí. Desde entonces sigo esperando que vuelva mi amigo. Siento que hay un reencuentro cerca.
Soy humano cuando despierto. El insomnio se ha ido y la niebla se coló por la ventana abierta de mi habitación, como tantas otras noches. Mañana, cuando llegue a mis manos, quemaré ese piano.